¿Qué nos enseña el caso Mara Castilla?

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Por: Daniel Sánchez Alatorre

#SiMeMatan, no quiero ser una #NiUnaMenos

Mara Castilla, este es el nombre que ha hecho que las personas han tomado como estandarte para una vez más realizar comentarios negativos acerca del movimiento feminista.

Tras la confirmación del asesinato de la joven el pasado 15 de septiembre del presente año, quien murió por estrangulamiento y golpes severos tras sufrir abuso sexual, cuyo cuerpo fue lanzado a una barranca en Xonacatepec por Ricardo Alexis N, chofer de Cabify, diversos usuarios en redes sociales han decido culpar a la joven por su asesinato.

Comentarios que ofenden a la joven, que la culpan por estar sola, por la manera en que se vestía, por decidir salir de noche, porque debía saber el riesgo que hay, por no estar en casa estudiando, por “jugar con fuego”. La mayoría de hombres que deciden demostrar su machismo extremo tras una tragedia como esta, y me pregunto, ¿realmente el Estado Mexicano y su ciudadanía se preocupa por nuestras mujeres?

Ante tal pregunta, me veo con la sorpresa que son más las razones que hay para decir que no, que para decir que sí, ¿por qué? Porque a diario se escucha un nuevo feminicidio, porque el número de investigaciones abiertas por feminicidios aumenta y las resoluciones siguen pendientes, porque los Estados que activan alerta de género cada vez son más.

Me doy cuenta constantemente los hombres estamos del lado del opresor, por callar cuando escuchamos un comentario misógino, cuando nos reímos de los chistes machistas, cuando aseguramos que es una “exageración” esas cosas que nos cuentan, cuando creemos que nuestra opinión vale más, al decir que un piropo es un halago, al hablar cuando debemos callar, al querer adueñarnos de una lucha, al no tener respeto por tragedias como esta.

Esta es una entrada para los hombres, para invitarnos a reflexionar, ¿cuántas veces hemos tenido miedo a transitar en la calle? ¿Cuántas veces hemos tenido que declarar que si nos matan fue porque nos gustaba salir de noche y tomar cerveza, así como Mara lo hizo cuando asesinaron a Lesby?

El día de ayer, una marcha exigiendo justicia por el feminicidio de Mara se dio inicio frente a la Catedral a las 4:00 p.m.. Espero que los hombres que nos atrevimos a estar ahí hayamos gritado #YoSoyMara sin que nuestra masculinidad se vea afectada. En verdad espero que hayamos más que queramos ser parte de aquellos que no culpamos a la víctima por su asesinato, sino al homicida.

Daniel Sánchez Alatorre es estudiante de noveno semestre de la FLDM.

Aviso: En el presente espacio de dialogo y encuentro jurídico, las opiniones expresada por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

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¿Tenemos Un Derecho Masculino?

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(Durante siglos, el epítome del “buen abogado” se ha retratado como un hombre.)

Por Bárbara Espinosa Lizcano

“Se supone que la ley es racional, objetiva, abstracta y de principios, como hombres; no se supone que sea irracional, subjetivo, contextualizado o personalizado como las mujeres”

– Frances E. Olsen.

¿El haber sido un área dominada por varones durante tanto tiempo ha generado que tengamos un “Derecho masculino”? Y, de ser así ¿qué pasará con el Derecho ahora que muchas mujeres lo practican también? [1]

Primero, el presente artículo sugiere analizar si las mujeres continúan haciendo el trabajo legal como los hombres o si se ha generado algún cambio. Para a partir de ahí, observar la posible necesidad de cambiar el concepto de lo que “es un abogado”, estudiando los objetivos y trabajos de las mujeres abogadas. Y así, aproximarse a investigar si la presencia femenina ha causado cambios institucionales en dicha disciplina.

Psicólogos como Chodorow, Dinnerstein, Miller, Schaef, y posteriormente Gilligan, encuentran que las mujeres se crean una imagen de sí misma mediante las relaciones que establecen con otros, haciéndolas esto más predispuestas a las emociones. Mientras que, los hombres se identifican a sí mismos como individuos independientes. Debido a lo anterior, se sostiene que ellas se desempeñan permeando su trabajo con valores emocionales.

Para esclarecer el tema, me serviré del ejemplo producto de la investigación de Gilligan [2]. En este proyecto, ella cita a dos sujetos de estudio, Jake y Amy. A ambos se les presenta el siguiente dilema: La esposa de Heinz está muriendo de cáncer y, requiere una droga que tiene fijado un precio más allá de las posibilidades de Heinz. La pregunta que se les plantea a los dos es: ¿Debería Heinz robar la droga?

Jake, un niño de once años, percibe el problema como un tema de equilibrio de derechos. La vida vale mucho más y por ello Heinz debería robar la droga. Amy, una niña de once años, percibe el problema diferente. Ella quiere saber más hechos y, como lo haría un “mal estudiante de Derecho”, no sigue el pensamiento en silogismo. Ella pregunta si Heinz y el farmacéutico buscaron otras opciones, o si Heinz podía recibir un crédito. Se pregunta por qué no podían simplemente sentarse y hablar para que el farmacéutico llegaría a ver la importancia de la vida de la esposa de Heinz. En términos de Gilligan, Jake explora el dilema de Heinz con “la lógica de justicia “, mientras que Amy utiliza la “ética del interés” [3].

Sobre estos estudios surgieron fuertes críticas, inclusive de la misma doctora, que sostienen que esa misma conducta se debe a un sistema de educación indirecto o directo basado en la maternidad. La opresión misma en la que han sido desarrolladas las ha atado a sentirse más emocionales, vulnerables o inferiores, a un nivel subconsciente o consiente, frente al hombre. Debido a eso sería necesario estudiar la conducta de mujeres no oprimidas (lo que es, sin duda, imposible en la sociedad actual) para entender si realmente poseen estos atributos por el simple hecho de ser mujeres.

Como añadidura, debemos entender también que el atribuir aspectos a un sexo ha acarreado la perpetuación de estereotipos que por años han catalogado la femineidad o lo femenino como inferior, subordinado a aquello que es masculino o varonil.

Un ejemplo real de la subordinación de los valores femeninos frente a los masculinos podría ser el de un hombre que posee una cualidad que comúnmente es atribuida a las mujeres como lo sería la sensibilidad. Éste, se enfrentaría con aseveraciones comunes en el área como: “Es muy sensible, no podría soportar ser abogado penal”. Y, por otro lado, encontramos a mujeres con cualidades comúnmente atribuidas a hombres recibiendo a tono de halago un: “Ella es muy dedicada, trabaja como hombre”.  Ambas, demostraciones son latentes en el mundo de la profesión jurídica.

Independiente a lo anterior y, rechazando la subordinación de los sexos, entendemos que para efectos de este artículo si existen diferencias entre hombre y mujeres como la autora Beauvoir lo ha desarrollado ya antes [4]. Entendiendo esta realidad, inerte a los estereotipos, podemos aceptar de forma lógica que ninguna disciplina estaría completa si no tiene tanto aportaciones de mujeres como de hombres.

Retomando la pregunta inicial ¿se debe esperar que la mujer acarré un concepto de abogacía distinto? Aún no sabemos si el sexo se conducirá distinto o si generaría cambios en el Derecho al verse aumentando en número sobre dicha carrera. Lo que sí es relevante tomar en cuenta es que, si miramos a abogadas en tiempos pasados debemos verlas como mujeres que han podido adoptar las reglas masculinas en su actuar y por ello han triunfado en el área. No al revés.

Aún encontramos la necesidad de una mayor masa para poder darle entera expresión a la mujer abogada. Porque si bien, existen voces femeninas, siguen siendo en presentación masculinizada de las mismas.

Sin duda, es necesario generar un despertar en las mujeres para la inclusión del dialogo sobre la disciplina legal bajo la idea que esto producirá un mejor sistema judicial para abogados, clientes y otros operadores jurídicos. Y, para finalizar, y para no dejar un mal sabor de boca sobre las palabras del doctor Olsen, replico aquí la cita completa:

“Se supone que la ley es racional, objetiva, abstracta y de principios, como hombres; no se supone que sea irracional, subjetivo, contextualizado o personalizado como las mujeres. Las prácticas sociales, políticas e intelectuales que constituyen una “ley” fueron llevados a cabo durante muchos años casi hombres. Dado que las mujeres estuvieron largamente excluidas de la práctica del Derecho, no debe sorprender que los rasgos asociados con las mujeres no sean muy valorados por el mismo. Además, en una especie de círculo vicioso, la “masculinidad” de la ley se utilizó como justificación para excluir a las mujeres de la práctica ley. Si bien el número de mujeres en el Derecho ha ido aumentando rápidamente el campo, este continua siendo fuertemente dominado por el varón.”

[1] Menkel-Meadow, Carrie. Portia In A Differet Voice: Speculations on a Women’s Lawyering Process. Berkley Journal Of Gender, Law & Justice. Volumen 1. Edición 1. Artículo 2. Septiembre 2013.

[2] Gilligan, Carol. In A Different Voice: Psychological Theory And Women’s Development. p. 6-23 (1982).

[3] Lo expuesto en términos del razonamiento de ambos sujetos y la relevancia que tiene la configuración de los mismos, puede leerse a mayor profundidad en: Menkel-Meadow, Carrie. Toward Another View of Legal Negotiation: The Structure of Problem Solving. 31 UCLA L. REV. 754 (1984).

[4] Beauvoir, Simone. El segundo sexo. (Le Deuxiéme Sexe) 1949.

Bárbara Espinosa Lizcano es estudiante de septimo semestre de la FLDM. 

Aviso: En el presente espacio de diálogo y encuentro jurídico, las opiniones expresadas por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

¿Realmente contribuyen las cuotas de género a la igualdad?

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Por: María Santos Villarreal.

Para responder a esta pregunta, es necesario primero conceptualizar tanto la discriminación como las cuotas de género.

La discriminación es una práctica que consiste en dar un trato desigual y perjudicial a una persona o grupo de personas que comparten ciertas características entre sí, motivado por cuestiones de raza, color de piel, origen étnico, identidad de género, expresión de género, condición de discapacidad, edad, orientación sexual, estado civil, condición de salud, nacionalidad, religión, situación migratoria o, como dice nuestra Constitución Política Federal: cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.”[1] La discriminación provoca y perpetúa la desigualdad.

Existen varias maneras de combatir la desigualdad desde el gobierno. A grandes rasgos, podrían clasificarse en dos grupos distintos: las medidas formales y las sustantivas. En las formales entran las normas constitucionales y legales que se incorporan en el sistema jurídico; en las sustantivas entran las políticas públicas[2], entre otras. Lo contrario a la desigualdad es, por supuesto, la igualdad. La igualdad entre las personas consiste en que se reconozca formalmente que todas tienen los mismos derechos y que en la realidad todas gocen de dichos derechos, sin discriminación.

La igualdad formal no es más que la igualdad ante la ley lato sensu; ésto es, que todas las personas son iguales a los ojos de nuestro sistema jurídico. Sin embargo, la igualdad formal se ve truncada en muchas ocasiones por cuestiones de hecho, como la discriminación que sufren las personas. De aquí surge el concepto de igualdad real, que consiste en que verdaderamente las personas experimenten en su vida los derechos que formalmente se les han reconocido.

Ahora bien, habiendo explicado lo anterior, cabe responder: ¿qué son las cuotas de género? Son una acción afirmativa que consiste en imponer la obligación al Estado y a los partidos políticos de que cierto porcentaje de las representantes y candidatas sean mujeres. Recordemos que una acción afirmativa es una medida temporal que se toma para tratar de igualar materialmente las diferencias en condiciones políticas, sociales, culturales y económicas entre un grupo vulnerable y el respectivo grupo privilegiado, mismas que se han dado por una discriminación histórica, institucional y sistemática que ha sufrido dicho grupo vulnerable.

Line Bareiro, Clyde Soto y Lilian Soto (2007) refieren que las cuotas de género son “una forma de acción positiva cuyo objetivo es garantizar la efectiva integración de mujeres en cargos electivos de decisión de los partidos políticos y del Estado”. En este sentido, existen tres tipos de cuotas de género, mismas que afectan tres distintas etapas del proceso electoral:

  1. Puestos reservados para mujeres.- Este tipo de cuota de género obliga a los partidos a reservar cierto número de puestos una vez concluido el proceso electoral. Por ejemplo: si la legislación obliga a los partidos a reservar 50% de los curules en una elección al Congreso de la Unión a mujeres; si de los resultados de la jornada se obtiene que les tocan 10 curules de representación proporcional, entonces mínimo 5 de esos curules necesariamente deberán ser para mujeres.
  2. Porcentaje reservado para candidatas.- Este tipo de cuota de género consiste en obligar a los partidos a postular en sus listas de candidaturas a cargos de elección popular un cierto porcentaje de mujeres. Por ejemplo, si la legislación obliga a reservar un tercio de las candidaturas a alcaldías a mujeres y hay 51 municipios en Nuevo León, entonces deberán haber por lo menos 17 candidatas mujeres a los Ayuntamientos de todos los municipios neoleoneses (independientemente de si eventualmente ganan o no la elección estas personas).
  3. Cuotas en los estatutos internos de los partidos políticos.- En este caso, no se trata de una obligación que le impone la legislación a los partidos, sino más bien una que voluntariamente adoptan los mismos, ya que consiste en que se les garantice cierto porcentaje de participación a las mujeres para puestos directivos dentro del partido y para participar en los procesos internos de definición de candidaturas.

En consecuencia, las cuotas de género ayudan a asegurar la igualdad entre hombres y mujeres en el poder, permitiendo la representación política de estas últimas.

No obstante lo anterior, las cuotas de género son una medida limitada, ya que la representación política que garantizan no necesariamente es sustantiva. Para entender a qué nos referimos cuando hablamos de representación sustantiva, es necesario establecer la diferencia entre ésta y la representación descriptiva.

La representación descriptiva consiste en la similitud de intereses y características físicas o socio-económicas entre las personas representadas y sus representantes. Por otro lado, la representación sustantiva consiste en que las personas representantes efectivamente encaminan sus acciones a defender  los intereses de sus representadas.

La diferencia principal entre la representación descriptiva y la sustantiva es que en aquélla importa quién es la persona representante y en ésta importa qué hace esta representante.[3]

Así, resulta claro que una representación descriptiva –a lo que ‘le tiran’ las cuotas de género– no conlleva necesariamente a una representación sustantiva. Dicho en otros términos, que exista paridad en el Congreso de la Unión, por poner un ejemplo, no asegura que las mujeres que lo integran van a defender los intereses de ese colectivo.

Pero, ¿cuáles son los “intereses de las mujeres”? En el ámbito jurídico-político, podría decirse que, a grandes rasgos, consisten en la protección de los derechos sexuales y reproductivos, el respeto a la diversidad sexual, el reconocimiento a los derechos laborales de las madres, la configuración de legislación adecuada en materia de abusos sexuales, entre otros temas.

El problema con la definición de “intereses de las mujeres” es que quizá puede realizarse una aproximación a éstos (como con los ejemplos que en el párrafo anterior se enuncian), pero lo cierto es que las mujeres son un colectivo heterogéneo y, por tanto, sus intereses son diversos. No son los mismos intereses los de una mujer migrante indígena que los de una mujer blanca clase-mediera, por ejemplo. Este problema hace más difícil todavía una verdadera representación sustantiva.

No obstante, aunque las cuotas de género estén limitadas en ese sentido, lo cierto es que sin la representación descriptiva que garantizan, no habría forma de que pudiera tenerse en la mira la representación sustantiva.

Por eso las cuotas de género sí contribuyen a la igualdad, porque sin mujeres en el poder, no hay defensa de los intereses de este colectivo, en general.

O sea, sí es verdad que la representación descriptiva que aseguran las cuotas de género no necesariamente conlleva representación sustantiva (volvemos al concepto de igualdad real), pero también es cierto que no es posible que exista representación sustantiva sin representación descriptiva.

Mientras los hombres continúen dominando los puestos de poder, tanto dentro del Estado como dentro de los partidos políticos, los intereses de las mujeres continuarán siendo de segundo plano.

María Santos Villarreal es estudiante de noveno semestre de la FLDM.

Aviso: En el presente espacio de dialogo y encuentro jurídico, las opiniones expresada por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

  • Aramara González Schont, Celine Françoise. De la representación descriptiva a la representación sustantiva. Análisis de las cuotas de género en los congresos estatales en México. México, Centro de Investigación y Docencia Económicas, 2016.
  • Bareiro, Line, Soto, Clyde y Soto, Lilian. La inclusión de las mujeres en los procesos de reforma política en América Latina. Estados Unidos de América, Banco Interamericano del Desarrollo, 2007.
  • Aguilar Villanueva, Luis. Política pública. México, Escuela de Administración Pública del Distrito Federal, 2010.

[1] Artículo 1º, quinto párrafo, CPEUM.

[2] Según Luis Aguilar Villanueva (2010), una política pública es un conjunto de acciones orientadas a resolver problemas considerados de interés público, cuya intencionalidad y causalidad están definidas por la interlocución entre gobierno y ciudadanía, que han sido decididas por autoridades públicas legítimas y que han sido ejecutadas por actores gubernamentales.

[3] Según Celine Françoise Aramara González Schont, en su interesantísima tesina de Maestría: De la representación descriptiva a la representación sustantiva. Análisis de las cuotas de género en los congresos estatales en México.

 

 

 

 

 

¿Cómo nace una democracia? La aportación teórica de Dankwart A. Rustow    

  Por: Armando Neávez Garza

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La intención de escribir y publicar el presente escrito se debe a mi estancia este verano en El Colegio de México, en donde tuve la oportunidad, o más bien, fortuna, de incursionar en disciplinas distintas al Derecho. Mi reacción fue de tal magnitud, que, hoy decido compartir un poco de las muchas cosas que aprendí en dicha Institución. En particular, mi interés por el estudio de las transiciones a la democracia—que es el tema al que me refiero en las siguientes líneas—tiene su origen en el curso impartido por Reynaldo Yunuen Ortega Ortiz, “Procesos de Democratización en Perspectiva Comparada”.

La principal aportación de Dankwart A. Rustow[1], en su artículo “Transitions to Democracy: Toward a Dynamic Model”[2], fue abrir el análisis teórico moderno sobre transiciones a la democracia, o más específicamente—como precisa Lisa Anderson—“abrir el espacio conceptual para considerar las transiciones democráticas de forma independiente a la democracia”[3].

Para comprender la relevancia de la aportación de Rustow, resulta importante hacer notar que su artículo fue publicado en 1970, en medio de la Guerra Fría, en un contexto de pocos ejemplos empíricos de Estados democráticos modernos. Asimismo, las transiciones hacia la democracia eran verdaderamente escasas.

A finales de los setenta, a raíz de la crisis de los regímenes autoritarios en América Latina y el sur de Europa, se generó una gran preocupación por parte de politólogos y sociólogos del continente sobre la posibilidad de que estos países transitaran a la democracia[4].

Lo anterior, aunado al rechazo de Rustow a ciertas precondiciones generalmente asociadas con la democracia, como un alto crecimiento económico—que muchos de aquellos países no cumplían—, ocasionó una mayor relevancia y atención a su teoría[5].

Una vez precisado esto, en las siguientes líneas trataré de exponer las principales ideas de la gran aportación teórica de Rustow.

La pregunta central de su estudio, y a la que busca dar respuesta es: ¿qué condiciones hacen posible a una democracia y qué condiciones la hacen prosperar? A partir de esta interrogante, señala que las condiciones que dan lugar a una u otra pueden ser distintas. A lo largo de su estudio, se interesa, principalmente, en identificar los factores que producen la génesis de una democracia.

Rustow divide su artículo en cinco secciones. En la primera, efectúa un análisis de la literatura existente sobre procesos de democratización, asimismo hace una distinción entre la teoría funcional y la teoría genética. En la segunda, examina algunos de los problemas metodológicos inmersos en el traslado del método de investigación funcional al método de investigación genética. En la tercera, ahonda en los aspectos metodológicos de la investigación genética. En la cuarta, propone un modelo teórico constituido por cuatro fases, las cuales son: i) condiciones de fondo; ii) fase de preparación; iii) fase de decisión, y iv) fase de habituación. Finalmente, expone sus conclusiones.

Para efectos de emprender su análisis, Rustow comienza por aludir a la principal literatura norteamericana relativa a los procesos de democratización. Al respecto, distingue tres tipos de explicaciones.

En primer lugar, la expuesta por Seymour Martin Lipset, Philips Curtright y otros, quienes relacionan la idea de democracia con ciertas precondiciones socioeconómicas, tales como un ingreso per cápita elevado, un alfabetismo extendido, y una población preponderantemente urbana. En particular, Lipset refiere en su libro “Political Man” que los países con los niveles de desarrollo más altos eran democracias estables.

En segundo lugar, la desarrollada por autores como Walter Bagehot o Ernest Barker, quienes vinculan la democracia con una serie de valores, actitudes, y creencias. Más recientemente, Almond Gabriel y Sidney Verba exponen esta idea en su libro “The Civic Culture”.

Finalmente, se encuentran teóricos como Carl J. Friedrich, E.E. Schattschneider, Bernard Crick, Ralf Dahrendorf, y Arend Lijphart, que utilizan como punto de explicación ciertas características sociales y políticas, e insisten en que la existencia del conflicto y la reconciliación son esenciales para la democracia.

A partir de la interrogante planteada sobre las condiciones que hacen posible a una democracia y las que hacen que ésta prospere, Rustow señala que las explicaciones de los autores aludidos se han enfocado en el segundo caso, esto es, la función de la democracia. Para el primero, menciona que es menester atender al estudio de la génesis de la democracia, es decir, cómo se origina ésta en primera instancia.

Este cambio de teoría lleva a Rustow a analizar posibles problemas metodológicos. Así, señala que existe la tentación de pensar que la teoría funcional puede dar respuesta al estudio de la génesis de la democracia. Lo anterior, bajo el argumento de que si determinas condiciones ayudan a preservar una democracia en funcionamiento, seguramente serán mucho más necesarias para hacerla existir.

Para desacreditar este argumento, Rustow alude analógicamente a diferentes tipos de regímenes políticos, un ejemplo es el caso de las dictaduras militares. Precisa que éstas se originan típicamente de la planeación secreta y de revueltas armadas, pero se perpetúan a través de la publicidad masiva y de ciertas alianzas con seguidores civiles. Adicionalmente, refiere a la distinción entre el proceso físico y químico de una reacción, destacando que la energía requerida para iniciar una reacción no siempre es la misma para sostenerla. De esta manera, traslada la carga de la prueba a quienes afirman que las circunstancias que sustentan una democracia también favorecen su nacimiento.

En este orden de ideas, Rustow critica tanto a la teoría de Lipset y Curtright, como a la teoría de Almond y Verba por no resistir “la prueba de la historia”[6].

En el primer caso, en virtud de que, lo que Lipset encontró en función del desarrollo socioeconómico —afirma— toma la forma de correlación y no de causa de la democracia. Por ejemplo, tenemos países con alto nivel de desarrollo y regímenes profundamente autoritarios (como fue el caso de la Alemania nazi, o los países productores de petróleo como Arabia Saudita o Kuwait) y a la vez países con niveles de renta per cápita muy baja pero con sistemas de gobierno democráticos (como fue el caso de India o Suecia a principios del siglo XX).

 En el segundo caso, porque –señala– la investigación realizada no deja claro si actitudes como la “cultura cívica” constituyen o no, una causa o efecto de la democracia. Además, “el surgimiento de las democracias implica una situación de redistribución del poder en la cual, por lo general, los gobernantes no tienen valores democráticos, sino que se ven forzados a aceptar la democracia”[7].

Por otra parte, Rustow señala que, para efectos de aplicar la teoría genérica, es importante atender a explicaciones causales. Para tal objeto, puntualiza que es necesario dejar de suponer que la transición a la democracia es un proceso uniforme a nivel mundial, que implica las mismas clases sociales, los mismos tipos de cuestiones políticas o incluso los mismos métodos de solución. Por el contrario, menciona—citando a Harry Eckstein—que una gran variedad de conflictos sociales y de contenidos políticos pueden combinarse con la democracia.

En este sentido, de acuerdo con Rustow, la democracia no tiene un factor explicativo específico—contrario a la literatura anterior—, más bien, la democracia tiene que ver con un asunto fundamentalmente de procedimiento; esto significa que pueden existir diversos factores que causen el nacimiento de una democracia[8].

Adicionalmente, Rustow observa que la génesis de la democracia no necesita ser geográfica, temporal, ni socialmente uniforme. En el primer caso, porque—como se precisó—puede haber diversos caminos hacia la democracia. En el segundo, toda vez que diversos factores pueden llegar a ser cruciales durante distintas fases. En el tercero, en virtud de que en el mismo lugar y tiempo las actitudes que la promueven pueden ser las mismas para los políticos y para los ciudadanos comunes.

Ahora bien, Rustow propone un modelo teórico para analizar genéticamente las transiciones a la democracia. Previo a su exposición, desarrolla algunos aspectos que considera relevantes para su empleo. En particular, destaca la importancia de: i) basarse en datos diacrónicos; ii) realizar el análisis donde el proceso de transición a la democracia haya sido completo, si bien, reconoce la importancia de la información proveniente de las no democracia, menciona que en la etapa de desarrollo en la que se encuentra la formulación de su teoría, resulta conveniente comenzar a estudiar un fenómeno en donde realmente la democracia haya surgido, y iii) excluir a países cuyo proceso de democratización ha sido impulsado por el exterior, sobre esto, Rustow reconoce que las influencias internacionales siempre están presentes, sin embargo, precisa que una teoría de orígenes democráticos debe dejar de lado, a aquellos países en donde la ocupación militar jugó un papel principal, en donde las instituciones democráticas o las actitudes fueron traídas por los inmigrantes, o en donde de ésta u otras formas la inmigración jugó un papel central.

Tras aplicar estos criterios, decidió concentrar su análisis en Suecia y Turquía, específicamente en la transición a la democracia de Suecia en el periodo comprendido de 1890 a 1920, y el proceso de Turquía desde 1945.

El modelo que Rustow propone está constituido por cuatro fases, a saber: i) condiciones de fondo; ii) fase de preparación; iii) fase de decisión, y iv) fase de habituación.

La primera fase se refiere al cumplimiento de un solo prerrequisito: la unidad nacional. Rustow señala que se trata, simplemente, de que la mayoría de los ciudadanos en una futura democracia estén seguros de que pertenecen a una comunidad política determinada. La relevancia de establecer la unidad nacional como el único prerrequisito para la democracia estriba en que abre la posibilidad de que existan democracias en tiempos pre-modernos, pre-nacionalistas, y a niveles bajos de desarrollo económico. Incluso, Rustow plantea la posibilidad de extender este análisis a los cantones medievales o las antiguas ciudades-estado, como serían las polis griegas.

La segunda fase lo constituye el “proceso dinámico de democratización en sí mismo”, en virtud de que está marcada por una prolongada e inconclusa lucha política. Rustow señala que para darle tales características los protagonistas deben ser representantes de fuerzas arraigadas y las cuestiones deben tener significados profundos para ellas. Por ejemplo, en el caso de Suecia, el período de desarrollo económico generó una lucha entre agricultores de clase media urbana y de clase obrera, en contra de una alianza conservadora de burócratas, grandes terratenientes e industriales. Mientras que en el caso de Turquía se presentaba una lucha entre grandes y medianos agricultores, en contra de los herederos del establishment militar burocrático kemalista.

Rustow puntualiza que esta fase es delicada en virtud de que muchas cosas pueden ocasionar un resultado abortivo. Además, destaca que durante esta etapa la unidad nacional no solo debe preexistir, sino que también continuar, por ejemplo, si la lucha genera una división sobre bases regionales, la secesión, más que la democracia, será el resultado más probable.

La tercera fase corresponde a la decisión deliberada por parte de la élite en el poder, en la que aceptan la existencia de la diversidad en la unidad y, con ese fin, institucionalizan reglas democráticas para resolver el conflicto. Por ejemplo, la adopción del sufragio universal y representación proporcional en Suecia en 1907. No obstante, precisa que esta etapa no es universal, por lo que es menester transmitirlo a la ciudadanía en general, lo que corresponde a la última fase de su modelo.

La cuarta y última fase, es la que se genera con la costumbre. De acuerdo con Rustow, la transición a la democracia requiere de la existencia de ciertas actitudes comunes entre los políticos y los ciudadanos ordinarios. Asimismo, menciona que la democracia otorga una ventaja a aquellos que son capaces de racionalizar su compromiso con ella, y una mayor ventaja para aquellos que sinceramente creen en ella. Por ejemplo, la transformación del Partido Conservador Sueco de 1918 a 1936, o en el caso de Turquía, la forma de actuar de Adnan Menderes.

En suma, en primer lugar, es importante que exista un sentido de unidad nacional. En segundo lugar, debe existir un conflicto arraigado y serio. En tercer lugar, es necesario la adopción consciente de reglas democráticas. Por último, tanto la élite gobernante como el electorado deben estar acostumbrados a estas reglas.

Para finalizar, me gustaría destacar que gracias a la aportación de Rustow en “Transitions to Democracy” se generó la apertura de fuertes debates, y desarrollo de nuevas teorías sobre democratización y consolidaciones democráticas. Si bien, su artículo ha sido criticado en diversos puntos—que no es intención exponer en el presente texto—hoy en día su obra sigue siendo ampliamente consultada por la claridad en su exposición, que contribuye en buena medida—como menciona Lisa Anderson—a comprender y promover las transiciones democráticas.

Anderson, Lisa. “Introduction.” Comparative Politics, vol. 29, no. 3, 1997, pp. 249- 261.  JSTOR, http://www.jstor.org/stable/422120.

Ortega Ortiz, Reynaldo Yunuen. “El Proceso de Democratización en México 1968-2002”. En: Revista UNAM Transición democrática y anomia social en perspectiva comparada, 2004, p. 48.

Rustow, Dankwart A., “Transitions to Democracy: Toward a Dynamic Model”, Comparative Politics, 2, no. 3 (1970), pp. 337-363.

[1] Dankwart A. Rustow estudió Derecho y Lenguas Orientales en la Universidad de Estambul, posteriormente se graduó en la Queens College y recibió un doctorado en ciencia política por la Universidad de Yale. Fue profesor de ciencia política y sociología en el Centro de Graduados del CUNY, Princeton y Columbia. Asimismo, fue profesor visitante en Harvard y otras instituciones. Su principal tema de estudio fue el análisis comparado de la política de Medio Oriente.

[2] Publicado por Comparative Politics. P.h.D. Programs in Political Science, City of New York en 1970.

[3] Anderson, Lisa. “Introduction.” Comparative Politics, vol. 29, no. 3, 1997, pp. 249-261. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/422120.

[4] Loc. Cit.

[5] Loc. Cit.

[6] Ortega Ortiz, Reynaldo Yunuen. “El Proceso de Democratización en México 1968-2002”. En: Revista UNAM Transición democrática y anomia social en perspectiva comparada, 2004, p. 48.

[7] Loc. Cit.

[8] En un análisis estructural en donde la variable dependiente es la democracia, la variable independiente no responde a un factor explicativo en específico.

Armando Neávez Garza es estudiante de séptimo semestre de la FLDM. 

Aviso: En el presente espacio de diálogo y encuentro jurídico, las opiniones expresadas por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

¿Qué relevancia tiene el “Deus Ex Machina” con el Derecho?

Por Iñigo Villarreal Grijalva.

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Me considero a mí mismo una persona simple y de intereses sencillos. Esta sencillez, me ha llevado a cuestionar todo a mí alrededor, para así, dirigirme a una respuesta lógica que no necesariamente obtengo siempre, lo que no me molesta, sino que al contrario, me hace sentir bien reconocer que no tengo todas las respuestas en el mundo, y nunca las tendré. Pero, a pesar esto, existe una corriente lógica que hasta el día de hoy rechazo debido a que es justamente, lo que yo considero la manera más fácil de encontrar una respuesta de apariencia lógica, sin que esta lo sea; el razonamiento de “Dios desde la maquinaria”, traducida directamente de la expresión latina “Deus Ex Machina”.

Esta expresión es por antonomasia utilizada para el teatro y es la expresión dada para todo aquello que no puede ser interpretado por la lógica de la obra, por ejemplo, la obra es un drama en el cual, el protagonista pasa toda la obra tratando de averiguar algún hecho, durante toda la obra se puede apreciar una evolución o un desarrollo que lleva hasta un conflicto, pero al llegar a ese conflicto, todo se resuelve porque el protagonista tenía un botón especial que lo arregla todo, o aparece un personaje totalmente nuevo que finalmente resuelve todo. Esto sería un ejemplo de cómo opera el Deus Ex Machina.

Ahora, ¿Por qué hablo de una lógica implementada al teatro en una página de Derecho? Porque esta lógica teatral también puede verse en muchos otros ámbitos de la vida cotidiana, incluido el Derecho. En el arte antes mencionado te permite dar una conclusión “positiva” sin tener que seguir la lógica de la trama y facilitando el clímax (aunque no siempre recibiendo aceptación de la audiencia). En la vida cotidiana, puede argumentarse que el Deus Ex Machina se puede encontrar en argumentos falaces, al tratar de concluir la conversación con fuentes externas a la misma, y en el Derecho, edistinguir o implementar al Dios de la maquinaria a través de un punto de vista doctrinal, pero al exteriorizar la visión y observar más allá de la doctrina, podemos darnos cuenta de que es posible verlo en el Derecho a través de los juzgadores, a través de ciertas prácticas procesales, o incluso, al intentar argumentar un hecho prácticamente imposible de argumentar.

En lo personal considero que el Deus Ex Machina, por más conflicto que me cause, es necesario puesto que facilita mucho las resoluciones. Al final, es más fácil explicar lo inexplicable con algo de sencilla aplicación en lugar de buscar una lógica cierta a lo inexplicable.

[Imagen por: Steven R. Southard]

Íñigo Villarreal es estudiante de quinto semestre de la FLDM. 

Aviso: En el presente espacio de diálogo y encuentro jurídico, las opiniones expresadas por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

¿Qué fue “Por todos las familias” 2017?

Por: Programa por la Unidad y Libertad Sexual Estudiantil (PULSE) del Centro de Derechos Humanos de la FLDM.

Ayer, 17 de junio de 2017, múltiples contingentes se unieron para manifestarse a favor de la diversidad sexual en Monterrey, Nuevo León.

Debemos recordar que durante el 2017, estuvimos presenciando multiples manifestaciones, marchas, entregas de pliegos petitorios y otros mecanismos de ejercicio de derecho del llamado Frente Nacional Por La Familia. El colectivo antes mencionado expresó su inconformidad con temas referentes a el matrimonio y la adopción homoparental. Es por ello que, este año la Marcha del Orgullo Gay tuvo como tema principal la aceptación de familias erróneamente catalogadas como “no tradicionales” usando el hashtag de #PORTODASLASFAMILIAS.

La diversidad de la sociedad regiomontana fue expresada vitalmente mediante una marcha que abarcó un aproximado de 6 kilómetros donde, se pudieron observar al rededor de 15,000 personas apoyando la causa.

La anterior caminata comenzó en la calle Pedro María Anaya y finalizó en la Explanada Niños Héroes.

“¡Mis derechos no son zonceras!” gritaba la multitud al arribar al Palacio de Gobierno. Esto, haciendo claramente referencia a las anteriores expresiones de nuestro Gobernador al referirse a la gran problemática que se enfrentan diariamente parejas homosexuales a quienes se les niega el matrimonio igualitario.

[1] Las fotografías presentadas fueron tomadas por Bárbara Espinosa Lizcano, estudiante de la Facultad y editora del blog La Libre Pregunta.

Aviso: En el presente espacio de diálogo y encuentro jurídico, las opiniones expresadas por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

¿Qué es una Marcha de la Diversidad?

Por: Programa por la Unidad y Libertad Sexual Estudiantil (PULSE) del Centro de Derechos Humanos de la FLDM.

orgullo madrid

En próximos días se llevará a cabo la Marcha de la Diversidad Monterrey, en su decimoséptima edición. Estos acontecimientos son una valiosa oportunidad para promover un Nuevo León exento de prejuicios y de cualquier tipo de discriminación, que permita el libre desarrollo de la personalidad de cada individuo en nuestro Estado.

El motivo principal de esta entrada es explicar de dónde y por qué surge esta manifestación que se ha vuelto una tradición anual dentro del colectivo LGBT+ (Lesbico, Gay, Bisexual, Trans y otras minorías de género). Para estos efectos empezaremos explicando el surgimiento de la marcha, esta historia se remonta al 28 de junio de 1969 con los disturbios de Stonewell, donde un grupo de policías atacó violentamente a un grupo de personas durante una redada en el Stonewell Inn. Estos acontecimientos destacan entre sus victimas a transexuales, drag queens, jóvenes afeminados, sexoservidores y jóvenes en situación de calle; mismos que dieron surgimiento a las primeras figuras emblemáticas de la comunidad, como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera.

Este lamentable suceso dio inicio a la lucha por los derechos del colectivo en cuestión y, rápidamente los distintos residentes de Greenwich Village (Nueva York) empezaron a reunirse para crear los primeros grupos de activistas con el fin de establecer lugares seguros para que los miembros de la comunidad pudiesen expresar su orientación sexual sin miedo a que fueran arrestados.

El año siguiente, en fecha 28 de junio de 1970, se llevaron a cabo las primeras marchas del orgullo gay en las ciudades de Nueva York y Los Ángeles, con fin de conmemorar el aniversarios de los disturbios. Estas marchas sirvieron de inspiración para que otras ciudades fueran organizando las propias, tradición que se fue repitiendo año tras años, lo que convirtió el 28 de junio como el Día del Orgullo.

Para el caso de México, la primera marcha fue realizada el 27 de junio de 1979. Durante esta manifestación, se reunieron los contingentes FHAR (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria), Oikabeth (Grupo Autónomo de Lesbianas) y Lambda (Grupo de Liberación Sexual) para la celebración del Orgullo Gay en México.

Si bien, se conmemora ese día como el oficial, mundialmente las marchas se han tenido que ir moviendo por distintas cuestiones, sin embargo, se procura que casi siempre se marche un sábado antes o después de esta fecha, como conmemoración a los disturbios.

Recordemos que la lucha de derechos de este colectivo no ha sido sencilla, desde comentarios homofóbicos de distintos jefes de Gobierno, hasta la imposibilidad de contraer matrimonio sin la necesidad de un amparo, o juicio para que sea reconocida la identidad de género de una persona, o inclusive marchas por un modelo de familia “tradicional”; si bien se han ganado distintas batallas una de las más importantes fue la que se dio el 17 de mayo de 1990, cuando la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad del catálogo de enfermedades mentales aunque, aun así, no se ha logrado una igualdad real de derechos.

Las marchas por la diversidad o del orgullo son destinadas a demostrar que el colectivo LGBT+ no está integrado por ciudadanos de segunda clase, sino por personas reales y que solo desean que sus derechos sean respetados y garantizados por el Estado.

Este año, el lema de la manifestación es #PorTodasLasFamilias, buscando crear conciencia en todos los mexicanos sin importar su orientación sexual de que no hay un solo modelo de familia, y que cada uno de los existentes es igualmente válido comparado con el llamado “modelo tradicional de familia”.

[1] Fotografía obtenida de la página oficial del orgullo gay LGBT Madrid 2017.

P.U.L.S.E. es un proyecto estudiantil del Centro de Derechos Humanos de la FLDM conformado por los estudiantes: 

  • Isabella Leal Aguilar, estudiante de 3º semestre de la FLDM,
  • Mauricio Martínez, estudiante de 6º semestre de la FLDM,
  • Bárbara Espinosa Lizcano, estudiante de 6º semestre de la FLDM,
  • Daniel Sánchez Alatorre, estudiante de 9º semestre de la FLDM,
  • Samantha Carrillo Aguirre, estudiante de 9º semestre de la FLDM,

Bajo la coordinación del Maestro Juan Jesús Garza Onofre.

Aviso: En el presente espacio de diálogo y encuentro jurídico, las opiniones expresadas por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.