¿Por qué decir lo que pienso?

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Por María Santos Villarreal

Si no yo, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?”[1]

Me he topado a lo largo de mi corta vida con muchas personas que evitan en la medida de lo posible externar sus consideraciones u opiniones sobre determinados temas que pueden considerarse controversiales por miedo al “qué dirán”.

La libertad de expresión es un derecho humano que todas las personas tenemos por el hecho de serlo,[2] pero somos pocas las que lo ejercemos para expresar opiniones disidentes.

La gran mayoría de los espacios para expresar opiniones están tasados. Se les da espacio a las personas machistas, homofóbicas, racistas, capacitistas[3], clasistas y a personas en situación de privilegio para hablar sobre temas que afectan a las personas que no tienen dicho privilegio.

Por ello, vamos a toparnos (más de lo que nos gustaría) con personas que se escudan en la libertad de expresión para emitir opiniones discriminatorias y propagar discurso de odio. A esas personas hay que recordarles que la libertad de expresión no es ilimitada (como no lo es ninguna otra libertad).

¿Cuáles son los límites a nuestra libertad de expresión? Los derechos de otras personas.

Así como el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) y el artículo 6 de nuestra Constitución Política Federal (CPEUM) protegen el derecho humano a la libertad de expresión, los artículos 2 y 7 de la DUDH y el artículo 1 de la CPEUM protegen el derecho humano a la no discriminación por razones de orientación sexual, procedencia étnica, color de piel, género, religión, situación económica, situación migratoria, condiciones de discapacidad, etcétera.

Es nuestra tarea abogar por las personas en situación de vulnerabilidad si queremos una sociedad más incluyente. Ésta es la única forma en la que podemos usar nuestros privilegios para el bien.

Dado que los medios de comunicación masiva (tales como televisión, cine, prensa, etcétera), así como los lugares privados (tales como la academia, foros o páneles de discusión, diálogos en los salones de clases, etcétera), por default no dan espacio para expresarse a quienes buscamos contra-atacar al status quo, es indispensable alzar la voz cada vez que experimentemos comentarios que discriminan y agreden a otras personas. Hay que conquistar esos espacios.

Es importante decir lo que pensamos porque es importante alzar la voz por nosotras mismas y, en su caso, por las demás personas que se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Al fin y al cabo, no es necesario ser la causa para defenderla.

Es cierto que hay que saber escoger nuestras batallas, pero también es cierto que guardar silencio ante una situación de discriminación también es violencia. “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”, dijo Desmond Tutu.

Es cierto que las personas que señalan cuando alguien está siendo racista o machista, por ejemplo, suelen “caer gordas” e incomodar. Pero si Martin Luther King Jr. o Betty Friedan se hubieran parado a pensar en si incomodaban o si le caían bien a la gente, ahorita Estados Unidos no tendría un presidente negro ni una candidata presidencial mujer.

¿Nacimos para “caerle bien” a la gente que forma parte del status quo? ¿O nacimos para generar un cambio positivo en el mundo?

Toda opinión disidente, y en general todo lo que desafíe al status quo, va a incomodar. Si a una persona le molesta la causa feminista, es porque es machista; si a una persona le molesta la causa #BlackLivesMatter, es porque es racista. Si no lo fuera, no le incomodaría un movimiento que busca igualdad de derechos para todas las personas.

Decir lo que pensamos es una forma de contra-atacar el sistema que continúa oprimiéndonos a las mujeres y a las personas negras, LGBTTTIQAP+, migrantes, con discapacidades y demás personas en situaciones de vulnerabilidad.

Decir lo que pensamos y defender la igualdad de derechos en todos los aspectos y de forma transversal construye una sociedad más incluyente, lo que se traduce en una sociedad más justa.

Si no somos parte de la solución, somos parte del problema. Por eso hay que decir lo que pensamos (y actuar en consecuencia).

Además, “si nos asiste la razón y el derecho”, como dice el Mtro. Óscar Barrera Garza, ¿por qué no decirlo?


María Santos es estudiante de octavo semestre de la FLDM.

Aviso: En el presente espacio de diálogo y encuentro jurídico, las opiniones expresadas por cada autor son exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, no representando de forma alguna el criterio de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey o de alguno de sus Centros Institucionales.

[1] Traducción al español de un dicho popular en inglés del que no se conoce la autoría original. “If not me, who? If not now, when?”

[2] Artículo 19, Declaración Universal de los Derechos Humanos.

[3] Intento de adaptación al español del término en inglés “ableist”.

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